Una reflexión a propósito del día internacional de los pueblos indígenas

Por: Equipo Akubadaura

Hoy se mira hacia el futuro con esperanza, optimismo y oportunidad, en actos sencillos de cambio de gobierno se advierte un reconocimiento por el valor, social, cultural e histórico de los pueblos originarios en Colombia, su presencia y relevancia en el escenario público no es cosmética sino activa y constructiva. Mirar al futuro nos obliga al mismo tiempo a mirar al pasado. 

“Significa recordar toda la historia, de dónde venimos, dónde estamos, hacia dónde vamos y esto es muy importante porque finalmente es como partir del mismo origen, de recordar qué ha pasado, y preguntarnos ¿qué ha sido lo que nos ha marcado como pueblos indígenas? ¿Qué hace que hoy seamos y nos identifiquemos como parte de un pueblo indígena? ¿Qué es hoy para nosotros la memoria, el territorio, la armonía? Es pensar en ello para desde allí ubicarnos y saber qué ha pasado y qué espera cada pueblo indígena ser o seguir siendo en un futuro, entendiendo que en medio de la historia que ha tenido cada pueblo indígena han existido unos cambios fuertes por múltiples factores y que esos mismos factores han incidido en todas las transformaciones que han ocurrido”, reflexiona Rocío Caballero Culma, mujer indígena del pueblo Pijao y abogada  integrante del  equipo de Akubadaura. 

Mujer del pueblo Nükak
Mujer del pueblo Nükak

Según fuentes oficiales en Colombia cerca de dos millones de personas se auto reconocen como indígenas, en 117 pueblos y las comunidades con mayor presencia están en departamentos como  Nariño, Cauca, Córdoba y La Guajira. En términos de seguridad los indígenas afrontamos el conflicto armado, los conflictos ambientales y el racismo estructural.

En departamentos como el Chocó y Guaviare, a la deforestación se suma la contaminación que generan la explotación de oro, petróleo y otros minerales tradicionales, así como las “tierras raras” o “tierras negras”, como el coltán, que llenan con mercurio las aguas de casi todos los ríos. La minería ilegal, la tala de bosques, el tráfico de flora y fauna, es ejercido sin ningún control por parte de las autoridades correspondientes en un sin número de territorios. “El 12% del territorio amazónico colombiano presenta alta ocurrencia de incendios, especialmente en Putumayo, Guaviare y Caquetá” (Cinep)

“En los territorios y con las comunidades donde acompañamos procesos es evidente el desinterés institucional ante los procesos de gobierno propio, las necesidades y derechos de los pueblos indígenas. El racismo estructural y la desigualdad hacen que muchas de nuestras comunidades étnicas permanezcan en condiciones de pobreza, en vulneración permanente de sus derechos porque a pesar del aparente reconocimiento la realidad es otra”, explica Lina Marcela Tobón Yagarí, directora de la Comunidad de Juristas Akubadaura.

Guaviare
Deforestación indiscriminada en el departamento del Guaviare

Para la Organización de las Naciones Unidas la expresión “discriminación racial” significa toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico que tenga por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural o en cualquier otra esfera de la vida pública. Comunidades de los pueblos indígenas como el Nükak y el Embera en Colombia viven una crisis humanitaria que evidencia la condición de discriminación racial que los afecta. 

Hoy las comunidades indígenas enfrentan condiciones precarias de atención en salud, vivienda, alimentación, protección de la mujer, cuidado de la niñez, garantías del mínimo vital, para el rescate de la cultura propia y los derechos territoriales. El abandono al que han sido sometidos los pueblos indígenas en Colombia, desde siempre, los ubica en una condición de rezago en el acceso a los bienes y servicios básicos, respecto al promedio de los colombianos. Lo que en términos prácticos, a la luz de la definición de la ONU, es resultado de la discriminación.

Cuando en una asamblea de un pueblo originario llegan los funcionarios públicos a hablar con tecnicismos, o cuando no hay una ruta de atención diferencial con traductores ni dan el tiempo requerido para la comprensión de dos maneras de abordar el mundo, o cuando los estándares sociales generan estereotipos de belleza se genera discriminación, o como cuando se le exige a los pueblos indígenas pensar, diligenciar formatos, aplicar metodologías según el concepto occidental de vivienda – educación – vestido, se constituyen en prácticas de discriminación, en acciones sino cotidianas muy comunes.

En la asignación de recursos, que históricamente han sido negados a los pueblos indígenas, a los que tienen derecho por mandato constitucional, incluyendo el derecho a un territorio propio en condiciones dignas y no arrinconados en las zonas cordilleranas de baja productividad, también encontramos discriminación. Una Política fiscal, especialmente inequitativa para los pueblos étnicos, donde los indicadores sociales y económicos evidencian que ser indigena implica estar en las peores condiciones socioeconómicas y con las menores oportunidades de acceder a cualquier factor de movilidad social, también es discriminación.

Comunidad del pueblo Embera
Taller de comunicación y territorio en comunidad del pueblo Embera

Desde hace años, sucesivos gobiernos, han intentado implementar lo que han denominado el enfoque diferencial, que incluye un enfoque de género, étnico y etario, sin embargo, ni sus apuestas, alcances, métodos lo consiguen. El cómo se aterriza ese enfoque en la realidad de las garantías y los derechos no es claro ni para los funcionarios de gobierno, ni para las organizaciones, ni para las comunidades. 

Por ejemplo, el Departamento Nacional de Planeación plantea un enfoque diferencial en sus documentos, en sus lineamientos, sin embargo, al entrar a mirar los procesos y procedimientos que solicita para la presentación de proyectos sobresale el hecho de que se desconocen los usos y las costumbres de los pueblos, no se toman en cuenta las diferencias educativas que pueden tener los pueblos originarios frente a otros sectores, ni la brecha en el acceso y manejo de las tecnologías necesarias para diligenciar formatos y acceder a plataformas.  

Esta situación hunde sus raíces en el colonialismo y en el desarrollo que la vida republicana ha tenido en Colombia y en general en América Latina. La manera como se concibieron los derechos de los pueblos indígenas, al iniciarse la vida republicana, proponía que todos los pueblos y comunidades se incorporaran a la sociedad mestiza, a su cultura, a su pensamiento, negando su ancestralidad, y a pesar del avance constitucional, en estos últimos 31 años, desde la promulgación de la Constitución del 91, no se ha logrado superar esta lógica de intentar que los indígenas sean más occidentales, más individualistas, más blancos. En síntesis, que la condición comunitaria se diluya en el pensamiento de la modernidad y que lo indígena quede como un artículo publicitario. En la búsqueda de un sentido patrio y de un mito fundacional de la nación, se utilizó anecdóticamente el pasado indígena pero esto no se vio reflejado en el reconocimiento efectivo de los derechos de los pueblos producto de sus resistencias.

El genocidio que viene desde la conquista continúa de otras formas en la actualidad. El asesinato sistemático de los líderes; la ocupación y el despojo de los territorios; el desplazamiento y el reclutamiento forzado que imponen los grupos armados; la violencia sexual contra las mujeres y niñas indígenas por parte de todos los actores, son esas formas de etnocidio. Pero el exterminio no viene solo de las armas sino también de la violencia estructural, de la discriminación racial.

La Corte Constitucional expidió la Sentencia T 025 de 2004 y el auto 004 de 2009, reconociendo que en Colombia que a la fecha suman 39 pueblos indígenas en riesgo de exterminio físico y cultural, entre ellos el pueblo Embera, y ordenó se desarrollara un programa de garantías de derechos y un plan de salvaguarda étnico para cada uno de estos pueblos, sin embargo hasta ahora, en 2022, es mínimo su cumplimiento, más aún cuando el conflicto armado se mantiene sin respeto a la población civil, confinado o desplazando a las comunidades, quienes al llegar a las ciudades no encuentran garantías para el retorno.

Mujeres Embera en el departamento del Chocó

En una sociedad globalizada es incomprensible que no existan relaciones e interrelaciones entre grupos, sociedades y culturas, lo intercultural es casi como si habláramos de lo interdisciplinar. Pongamos otro ejemplo, en el tema de atención en salud se ha visto la necesidad de realizar diálogos de saberes entre la medicina propia o tradicional, como el intercambio y reconocimiento que hay entre las parteras y el personal de salud, esto con el propósito de disminuir la mortalidad infantil.

La diversidad es un hecho innegable. Si no nos reconocemos como un país diverso, las minorías serán discriminadas. Por eso la Constitución de 1991 empieza reconociendo este hecho, que ha sido negado desde la construcción del relato nacional. Los pueblos indígenas hacen un gran aporte a la sociedad colombiana. Ser diversos nos hace más ricos, más fuertes. 

Como somos un país diverso, multiétnico y pluricultural, es una necesidad estar en sintonía con esa realidad tozuda en beneficio de las futuras generaciones. La lucha para superar la desigualdad, requiere la participación de todos y debe ser una apuesta de la sociedad entera, pero para avanzar en ello debemos partir del reconocimiento de la diversidad étnica y cultural que tiene nuestro país. Solo así podremos avanzar hacia la inclusión, hacia el perdón, la reconciliación y hacia la construcción de un estado nacional multiétnico y pluricultural.

La esperanza es la confianza en un mundo mejor,  la paz no es un fin en sí mismo sino un camino que requiere acción y compromiso por la igualdad, por el bienestar de todos. Francia Márquez, vicepresidente de Colombia, lideresa y activista afro, lo resumió en su juramento de posesión en una  frase: “Hasta que la dignidad se haga costumbre”.