Sobre la juventud indígena: La brecha que se perpetúa

Tiene 22 años. Es una o uno entre los más de veinte de su comunidad: los otros diecinueve se quedaron, unos en medio de la guerra, otros cuidando la tierra, otras siendo madres o padres, algunos cargando embarazos que no siempre eligieron. En este Día Internacional de la Juventud, bajo el lema “Contextos diferentes, aspiraciones comunes”, su historia refleja la distancia entre las realidades que habitan los jóvenes y los proyectos de vida a los que aspiran. Aprendió dos idiomas a la vez: el propio, el de la casa, y el español, el de la escuela, el que necesitaría para “salir adelante“. Llegó a Quibdó, a Pereira o a Manizales. Aprendió a hablar un español que no es el suyo, porque la ciudad no perdona el acento; a seguir siendo de su pueblo sin dejar de intentar pertenecer a lo que aquí todavía llaman “civilización“. Aprendió a cuidarse y a cuidar, en oficios que nadie premia con diploma. Resistió el hambre y, si le tocó, la violencia sobre su cuerpo, que en la ciudad cambia de forma, pero no desaparece. Y hoy tenía el cupo.

El 10 de agosto, un sismo de 7,4 partió en dos esas mismas ciudades: edificios caídos, aulas colapsadas, universidades suspendidas, cientos de muertos. La ciudad que era la promesa también se cayó. El cupo sigue garantizado; lo que no está garantizado es a dónde vuelve, ni si volver significa exponerse otra vez al reclutamiento o a la violencia. Y si no vuelve, tampoco hay ciudad que lo espere: queda el diploma, pero no un territorio con condiciones para que sirva de algo distinto a sobrevivir, ahora lejos de los suyos.

Ese terremoto no cayó sobre territorio neutral. Lugares como el Chocó ya arrastraban, antes del sismo, una de las coberturas más bajas de educación superior del país y tasas de suicidio juvenil indígena que en algunos territorios del Pacífico y la Amazonía sextuplican el promedio nacional. En el Cauca, la Defensoría del Pueblo documentó en 2025 más de 400 casos de reclutamiento forzado, la mitad de víctimas indígenas. El sismo pisó un territorio ya fracturado por la guerra, el abandono estatal y la negación histórica del conocimiento propio.

Hablar de “damnificados” sin distinción borra que perder una maloca, un territorio colectivo o el único acceso a agua potable no es lo mismo que perder una casa con norma sismorresistente; borra que la reconstrucción llega primero donde ya había Estado.

La violencia estructural no es un momento, es acumulación: reclutamiento, racismo que folcloriza lo indígena, ausencia de infraestructura educativa y de salud mental propia, y ahora un sismo que golpea más donde menos quedaba con qué resistir. Reconstruir sin nombrar esa acumulación es construir sobre la misma falla. La pregunta no es cuántos ladrillos se reponen, sino si esta vez la reconstrucción reconoce territorios y juventudes para quienes este no fue el primer derrumbe.